Detapaencepa

 Hoy, vamos a sentarnos en uno de los restaurantes de referencia en Vigo, quizás no tanto por el nombre, pero si por el producto, por la calidad, la cocina y en definitiva el conjunto de caracteristicas que hacen de este templo del sabor un lugar de peregrinación. La verdad es que tambien hay que tirarles de alguna oreja, pero no se la pondremos demasiado colorada. Tan solo se la alargaremos un poquito. Sin mucho dolor, no somos unos sádicos, ni por asomo.

 El local situado en la calle Ecuador número 18 en Vigo www.detapaencepa.com, lleva unos años en la misma linea. Ya lo conocimos en la primera etapa, pero actualmente hay alguna pega que señalar en el tema de la jefatura de sala y la debida atención a los comensales. Sobre todo si, como en esta ocasión, el comedor no estaba lleno, ni mucho menos. Quizás falte un poco de rodaje. Vamos a probarlo próximamente y actualizaremos esta entrada, incluso ,trataremos que sea, con comentarios de la máxima autoridad de la sala.

 La carta, vieja conocida, nos presentaba ademas unos croques, almejas y mero, pero ninguno de los comensales opto por salirse del camino marcado. Yo tomé, de entrada, una manzanilla, fue un visto y no visto, ya que el camarero debió enseñar la etiqueta. Estaba buena, pero debió enseñarla.

  Previamente a la selección de menús, teniendo claro el tema de las bebidas y sabiendo que nadie se decantaba por el vino de la buena bodega que, al decir de los entendidos, atesora el restaurante, le solicité a la jefa de sala que me recordara las cervezas que tenia y entre las habituales y necesarias salió a relucir una llamada Saramagal. La muchacha no estaba demasiado puesta porque a la pregunta de donde era nos respondio que orensana, pero, en la etiqueta, nos habla de Barro en la provincia de Pontevedra. Está muy claro que por esto no le vamos a tirar a nadie de una oreja, pero, tacita a tacita ……, Volviendo a la cuestión, la cerveza Saramagal ha sido una sorpresa y una sorpresa muy agradable.

Tal y como podéis leer en alguna de las fotos, nos recuerdan que es un producto artesanal y, como tal, es normal que en el fondo del envase nos encontremos con poso, cual vestigio de un rioja de renombre, donde los habituales no le hacen ascos o, mejor aún, como en una buena botella de aguardiente del país, donde en el rosario suelen navegar, cuando menos, los restos del tapón, o de lo que se tercie.

 De una graduación no excesiva, 5,5%, color oscuro mas intenso que una tostada y menos que una negra, alguno de los comensales la asoció a un ligero sabor a café. Sea cual fuere, el sabor era esplendido, una pena la falta de saber servirla en su punto de batido, espuma, frío y demás condicionantes que requiere el rito de la cerveza. De todas formas el resultado es excepcional, tanto que, hacia el final de la cena, las reservas de Saramagal en la nevera estaban agotadas y tuvimos que compartir una entre dos asentados para poder acabar con el final de la manduca. Desde un estomago cervecero y renegado de los vinos durante las comidas, le decimos a quien esté detrás de Saramagal, gracias y que la aventura pueda llegar a buen puerto.

Cambiemos de tercio afirmando que nadie se fue por el mundo de los vinos y pronto llegó el pan, del de verdad, como en pocos sitios lo ponen. El problema de esto es que si tardan un poquito en servir y la mano se te va al platillo, estás absolutamente perdido. Lo mejor que podrías hacer seria irte a casa, pero dejando el coche donde esté. Vete andando porque lo que vas a comer de este pan delicioso, fresco y crujiente en la corteza y jugoso en la miga de pueblo. te dejará KO para el resto de la velada. Avisado estás. No piques; después si pecas es cosa tuya. Yo no voy a ir al infierno que peco poco.
Entremos en faena: De entrada nos pusieron unos aperitivos de langostinos rebozados, ricos ricos. Todo un detalle. Los primeros fueron, para 4 comensales, dos ensaladas, una de bacalao crudo desmigado, sublime, eso si, el bacalao tiene que gustarte y la otra de zamburiñas, riquísima. Una tabla de paleta de bellota completaba el cartel de primeros. Compartimos y fue suficiente.

Los segundos divididos, chipirones encebollados, rape con cachelos y por el lado de la carne, un lomo de vaca gallega, no se porque en un plato de barro, donde el sonido del cuchillo es notorio y un cochinillo bien resuelto, sin llegar a los niveles de Castilla, como suele ser habitual en estos lares, donde este no es el producto que mas salga de los fogones. Todo bien, en su punto y correcto en su presentación.

 En el capitulo de los postres nada especialmente destacable, quizás los quesos con dulces gallegos como algo mas nuestro, al que yo le añadiría, como mínimo unos mirabeles y unas castañas, después las tartas a base de chocolate y un helado de yogurth con mango, decente, sin más.

 Como remate los consabidos cafés una copa de una variante de Pedro Ximenez y otra de un vino malagueño, acompañado por el, ya típico en la casa, plato con dulces variados, gominolas, conguitos, almendrados, etc. muy ricos y, como detalle, soberbio.

El resultado salió por 40 euros por cabeza. Un precio muy decente para el producto servido. La pena es que nos habria costado lo mismo hace unos meses y funcionaban mejor.
En resumen, que siempre está bien resumir, se nota la falta del Hombre de Matamá, alma mater hasta ahora del negocio. Esperemos que vuelva, o de lo contrario, que les señale bien el camino a los suplentes. Por su bien se lo decimos, pero tal y como señalamos al principio, volveremos a vigilar.

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