Marina Davila

Hoy vamos a cumplir un ritual, una necesidad en nuestro blog.

Es bien cierto que una bitácora que se precie, debe repasar los buenos restaurantes tan pronto como su atento y avizor oído le ponga en guardia de la apertura de un nuevo asentamiento en el que poder hincarle el diente a otras ideas culinarias.

También lo es que Marina Davila ya tiene una pequeña historia en la restauración de la ciudad de Vigo, pero otros compromisos, descubrimientos que van surgiendo y, también el saberlo por noticias cercanas, un valor seguro, nos hacia retrasar, una y otra vez, la obligada visita que, por fin, este sábado se produjo.

La reserva la hicimos al filo de las 10 de la noche pero, gracias a la fortuna, conseguimos acomodarnos en una tabla para cuatro comensales con buen hilo en los paños, discreción en la porcelana y ligereza en el cristal.

El restaurante se encuentra en una zona industrial del puerto de Vigo, donde la empresa gestiona un puerto deportivo y unas instalaciones complementarias destinadas al mundo de la mar que pueden visitar en su página en internet: www.marinadavilasport.com o directamente en www.restaurantedavila.com en donde también hallaran su teléfono y dirección postal y/o GPS.

La primera sorpresa surge por las comodidades a la hora de encuadrar a nuestro corcel. Un aparcamiento privado al que se accede a través de una valla que tan solo se levanta para los visitantes del complejo nos pone la primera sonrisa de la noche, aunque el servicio no lo hayamos utilizado por la hora y el día de la semana en el que las calles están, en esta zona industrial portuaria, vacías de actividad.

La atención notable del personal en la zona de la barra en el acceso a la sala del restaurante principal, sigue haciéndonos enseñar el diente de oro.

Detalle de la carta

Después de acomodarnos en un restaurante muy lleno, lo cual constituye una agradable sorpresa en estos tiempos difíciles en el ámbito económico, nos iniciamos con unas cervezas y una manzanilla, mientras las cartas, invaden la mesa con tiempo para leer con calma, mientras comentamos las distintas opciones.

En la lectura nos surge, una compañía en forma de mousse de verduras con una espuma de queso, muy rico y bien presentado.

Una vez decididos, optamos por compartir los primeros, que fueron, un foie de pato, un jamón de bellota y una ensalada de ventresca y pimientos.

El foie, normalito, con un aspecto y sabor algo industrial. Nos daba la sensación de que estábamos, y seguramente era así, ante un producto hecho en sus fogones pero servido como una ración de una barra de producto, no como algo preparado en la cocina con el esmero de otros fogones no tan cerca del mar.

El foie, bien presentado

El jamón, bien cortado, acompañado por unas lonchas de pan del de verdad, que habían pasado por el horno, y una salsera con un tomate natural exprimido, aderezado con, al menos, ajo y aceite. Al decir de los que lo probaron, riquísimo. Del estado del jamón doy fe. Bien cortado y rico.

La ensalada de ventresca muy pobre, con un material decente, aderezado con unos pimientos de lata y unas lechugas adornando el conjunto. Sin más.

En los segundos nos decidimos por un bacalao rico de verdad, un san martiño impresionante de presencia y sabor y unas apetitosas cocochas de merluza con aviso a los navegantes sobre la presencia de una guindilla peligrosísima buceando en su salsa.

El san martiño, un lujo

Una vez pasado el momento de tensión (es broma), se detectó, un producto bien preparado y con mucho sabor. Para el cuarto comensal un entrecot, dicen que de buey, con un acompañamiento inmerecido, unas patatas fritas, y un sabor muy bueno.

Tan solo dos comensales apreciaron los postres, un carpaccio de piña, con helado y un tiramisú también con una bola de helado. Sencillamente, esperaba algo más elaborado. El tiramisú, al igual que, al menos antiguamente, la decencia, no solo habia que tenerla, también era necesario mostrarla y, en este caso, disimulaba muy bien su origen, si las instalaciones del restaurante o el obrador de algún cercano pastelero más industrializado y fácil. En verdad hemos toreado en mejores plazas en esto del postre transalpino.

En el tema de las bebidas hubo diversidad de opiniones, la mitad de la mesa continuo con las cervezas y el resto se pasaron a un godello de buen nombre: Louro do Bolo, y al decir de los vinícolas, mejor sabor, de lo cual nos alegramos porque el precio no fue descomunal.

El Vadeorras de buen tipo, al decir de los entendidos

Algunos cafés e infusiones servidos con variedad de azucares, una copa de una variedad de Pedro Ximenez y un acompañamiento de despedida a base de una mousse de café bajo una espuma de nata, sirvieron de antesala a unas espectaculares tónicas con ginebra, servidos en vaso bajo y sustituyendo el limón por una juliana de manzana y una fresa
ensartada. No asomaba por ningún sitio la rodaja de limón, ni falta que le hacía.
Un detalle complementario, los combinados fueron un regalo de la empresa. Pero nosotros solo lo supimos a la hora de la dolorosa.

¿Resumiendo? Ni fú, ni fá. Las instalaciones bien, sin aglomeraciones excesivas. El servicio, muy atento a todo. La esencia del negocio, mejorable.

Explicación: No es procedente que un restaurante que intente competir con aspirantes o confirmados como estrellas de Michelín, en Tui o en Poio, presente unos platos tristes, sin gracia, salvo honrosas excepciones, como el san martiño o el bacalao. ¿Porqué decimos lo de la competición por las estrellas?. Pues el precio es justo donde comenzamos en las opciones que señalamos, 50-55 euros por comensal,

Un buen final sin marcas in y con un toque distinto

las instalaciones pasarían aceptablemente el reto estrellado, pero la cocina, hay cuanto debe que mejorar esa cocina. Siendo un producto rico, entendemos que le faltan los lazos para poder adornar la cesta y si, rematando el trabajo, le ponemos un poco más de atención en hacer que la encomienda sea Marina Davila 100%, estaremos poniendo la base para que, por fin, Vigo tenga un restaurante de verdad, con, al menos, una estrella Michelín, haciéndole compañía a salas de la zona de la Alameda, que esta ciudad también es el norte, aunque aquí llueva poco y el termómetro supere, siempre a las ciudades de su entorno , hacia abajo, en verano y, hacia arriba, el resto del año.

Otra opción válida es que los propietarios estén contentos y felices con su modelo de negocio, pero esa es una cuestión menor cuando estamos poniendo y quitando medallas. Si no se hace bien hay que mejorarlo. Y el camino hacia la perfección pasa por innovar, por agradar y por gustar. Y el buen cliente lo agradecerá, seguro.

Salud y que aproveche.

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