Oremus

OREMUS

Hace ya unos siete u ocho años pasé (pasamos) una semana en Budapest, con ocasión de una carrera de fórmula 1. Visité algunos de los más emblemáticos edificios de la bella ciudad centro europea y comí en algún restaurante reseñable pero sin esmerarme en nada especialmente, pues el objeto del viaje era, básicamente, asistir al desarrollo de la carrera de fórmula 1 en la que, para los españoles, aquel año un novato negro le daba sopas con onda al ínclito y ubérrimo incluso en la sopa Fernando Alonso, hasta el punto de que desquiciado por el buen hacer del joven, Alonso entorpeció el paso por el garaje del inglés durante la clasificación, con el resultado de una penalización de los comisarios deportivos que cumplió al día siguiente saliendo, en la carrera, retrasado cinco posiciones.

Anécdotas al margen, en aquella ocasión disfrutamos los viajeros componentes de la expedición de diversos placeres, gastronómicos unos, culturales otros, paisajísticos bastantes, etcétera, de forma que nos quedaron atrás diversas experiencias a cual más interesante pues no es posible desgranar mil años de historia de un país como Hungría en siete días de viaje en los que tres de ellos están dedicados a la fórmula 1. Claro y fácil de entender.

Distinto es que lo podamos digerir, cuando el pasado sábado,  a un premio alcanzado merced a mi buena suerte, cual presidente de diputación al uso o mafioso escondido, que tanto monta, he pasado, en gratísima compañía, que podría haber sido excelentísima con pequeñas aportaciones, repito, he pasado una velada en las fronteras marcadas a fuego por Manolo Costiña, allá por el reino llamado de Santa Comba, dichoso nombre para que Ella os guarde muchos años, feliz lector, si hasta sus posesiones encaminas tus pasos. Decía que, el pasado fin de semana di con mis cansados huesos en O Retiro da Costiña, nombre del castillo del rey, ya señalado, Manolo Costiña III, pues  representa la tercera generación de una estirpe que nació para vivir en medio de las estrellas, no muchas, que acaban pinchando, pero si las suficientes para que su brillo lo ilumine en la toma de decisiones para el plácido bienestar de sus súbditos.

Como señalé en el párrafo anterior pasamos una agradable velada en el castillo o palacio, no lo defino con facilidad dada mi manifiesta incapacidad para distinguir entre una y otra acepción, pero para el caso da igual, lo que importa es la calidad del discurrir de las horas que en sus celdas vivimos.

Dejemos en un aparte la calidad de los platos con los que nos obsequió, menudencias al fin y al cabo. Ricas, riquísimas, pero menudencias, al menos en el día de hoy.

Por el adjetivo, muy posiblemente, se me enfade el fogonero al cargo de los calores y los fríos, que también los hubo, pero es que cuando viajas a territorio neumatiquero la calidad, al menos, un tipo de calidad, ya lo das por condicional al destino en sí, es decir, yo no puedo ir a visitar a Manolo Costiña III pensando si me gustará lo que me va a poner en el plato, o en lo que se tercie, pues ya sé que sí, que me gustará sobremanera.

Posiblemente, mis rarezas en la mesa hagan que nuestra majestad se sienta a disgusto cuando le digo que no quiero un vino delante de mi plato, y menos cada vez que se oscurece un paso el licor, así que cuando llegamos del buen blanco gallego al más premiado tinto, me da igual el rio que lo haya bañado, en verdad no lo soporto. Todos tenemos defectos, yo menos, pero alguno también cae. Los tomates asimismo, son repudiados antes de asomar por la batiente de la cocina, como cualquier reminiscencia de la infancia, cuando hacías lo que querías, pero, en líneas generales, el resto lo acepto de mejor o peor grado.

A mí, que queréis que os diga, me parecen mucho peor las del vegetariano, el celiaco o el reacio a cualquier cosa rara, pobre él, asediado por las levaduras y bichos morantes en los ámbitos cocinantes, al menos para el encargado de darle forma al menú, pues el pobre celiaco no tiene mucha elección, aunque el vegetariano sí es de libre elección, normalmente.

Puestos en esta tesitura, los reyes como Manolo Costiña III, tienen a bien admitir como pasables, tonterías como las mías con el tomate o el vino, y aunque normalmente, la cuestión del vino me la cubre con un discreto velo cervecil, siempre artesano, en esta ocasión, las prisas y olvidos, pues son muchas cosas en su cabeza para conformar a todos sus súbditos, hizo que me tuviera que conformar con algo de la estirpe de los Rivera, lo cual, pese a quien se tercie, es desmerecer el acompañamiento de los platos, aunque para calmar la sed sirvió, tan solo decentemente, pero sirvió.

Decía, ya no sé en qué punto, que la comida que deglutimos fue, con ser mucho, lo de menos, pues, para más inri, de ella he hablado en este mismo soporte en diversas ocasiones y siempre con el mismo resultado imponente, así que esta vez nos centramos en que lo importante lo representó, como siempre que vamos a O Retiro, el resto.

Bien, y al hilo del primer parrafo sobre un recordado viaje a Hungría, complemento, ahora, la información sobre lo que nos perdimos en aquel lejano, creo que, 2007. Las explicaciones, recién llegados, con las anchoas todavía en el plato, sobre Oremus fueron impagables, y más si tenemos en cuenta que todo salió de la boca de nuestro admirado y feliz contertulio S.M. Don Manuel que nos puso al día sobre los Puttonyos que desconocíamos todos los presentes comensales, hasta los más avezados en vinos, lo cual, también lo señalo, no significaba mucho, pero es un aviso.

Señalaba que las notas que desgranó para nosotros Manolo III sobre la región de Tokaj, en el nordeste de Hungría y sus centenarios vinos, sobre todo dulces, obtenidos, principalmente, en una afamada bodega Oremus, hoy y desde la caída del comunismo a principios de los 90 del pasado siglo propiedad de la española familia Álvarez aglutinadores, con el grupo Eulen y la sociedad patrimonial Enebro, de Vega Sicilia, la cárnica Valles del Esla, y Eulen, etc, etc, etc, sostenidas por más de 84.000 empleados en todo el mundo, y que, casualidades de la vida, esta semana nos ha traído el fallecimiento del iniciador David Álvarez enfrentado con cinco de sus siete hijos en los juzgados españoles hasta hace prácticamente nada.

Pero, guerras tipo “Falcon Crest” aparte, en algún país conocida como “Viñas de odio”, lo que nos atañe hoy es que la puesta en escena, por parte de D. Manuel III, de Oremus 3 puttonyos fue una impresión que para unos mortales adoradores de, como mucho un Pedro Ximenez, tardaremos un tiempo en asimilar. Es muy fácil recabar información hoy, en la segunda década del siglo XXI, sobre Oremus o cualquier objeto que deseemos conocer, tan solo hay que separar la paja del trigo y et voici ya lo tenemos a nuestra disposición, así que no voy a marear la perdiz con la cantidad de azúcar del vino y su mínima graduación alcohólica, nunca superior a los 5 o 6 grados, etcétera, etcétera. Si señalar que la cantidad de uvas aszú (seco en húngaro) se rige, secularmente, por el número de puttonyos que es la denominación de un antiguo envase de unos 25 litros que se vertía varias veces en un barril de 136 litros y hoy define la concentración de azúcar en el vino. Existen desde los vinos de 3 puttonyos hasta los de 6 quedando por encima una categoría especial que sería un 7 puttonyos aunque esta denominación es errónea y se llama Eszencia, normalmente adjetivado como el vino más caro del mundo con un precio de botella de 500 cc, según me cuentan, entre los 800 y 1200 euros/botella aunque en sitios web se ven botellas de los años 30 por alrededor de 500 euros otra cosa será que efectivamente existan para poder comprarlas.

Bien, y tras la disertación vinícola, el remate de la cena tuvo lugar en el club privado La Cava del Costiña, donde acompañando al Oremus probamos, posteriormente y en el debido orden, un brandy Duque de Veragua, un whisky Dockland y alguno se decantó por una ginebra The Sting, ahumado todo ello con un habano Petit Robusto de la marca Hoyo de Monterrey, quizás un poco fuerte para mí, ex fumador desde hace 20 años que tan solo rompe el monacato tabaquero en las tierras de D. Manolo Costiña III. Creo que en la próxima visita volveré, asesorado como siempre, a lo dominicano, como forma de disfrutar más cómodamente, un puro de calidad que no te arranque la tapa del pecho cuando ya la tienes flojita pues te la destaparon en alguna ocasión para revisar el estado de las cañerías.

Resumiendo, que me pierdo en las habladurías, la experiencia de comer en O Retiro da Costiña es tremendamente gratificante, descubrirás sabores nuevos, ocultos, sorprendentes, situaciones increíbles y asociaciones hasta ilícitas, pero riquísimas. Lo que ocurre es que todo esto se verá superado por la experiencia tras la puerta del club La Cava del Costiña, donde la sapiencia y el buen hacer te deslumbraran en un ambiente placido y relajante. Perfecto.

¿El precio? Pequeñeces que no deben empañar la esencia de la visita, disfrutar de la misma porqué es muy barato, otra cuestión, desde un punto de vista erróneo, es decidir si nos lo podemos permitir, pues, como os digo, caro no es. En absoluto. Posiblemente sea uno de los sitios más baratos que podamos disfrutar. Eso si, tendremos que valorar, todo lo que nos ofrece, en su justo precio. Recalcar que el resto de los contertulios de la mesa y yo mismo, en esta ocasión disfrutábamos de una amable invitación, lo que desdibuja y mucho la carestía de la excursión.

http://retirodacostina.com/

Disfrutadlo, siempre con moderación y mejor en buena compañía.

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